Los chicos vuelven a clases
¡Cuántos temas para pensar!!...
¡Cuántos recuerdos!; pero ahora vistos, desde el otro lugar, desde el rol de mamá.
Los padres somos los principales responsables de la educación de los hijos, sin embargo, cuando van a la escuela, “nos relajamos”; porque hay otros que les enseñan y les ponen límites. Aunque, luego, discutimos con ellos y cuestionamos su autoridad.
¿Qué pasa? …
¿Convertimos a nuestro hijo en botín de guerra por una lucha de poderes, estéril?
¿No hemos crecido y sentimos que nos retan a nosotros? ¿O, en realidad, nos sentimos molestos al quedar expuestos por no haber hecho bien la tarea de ser padres?
¿Buscamos ponernos del lado de nuestro hijo para que nos sienta más cercanos, cancheros, piolas?
¿Quién gana?
Nadie…
¿Quién pierde?
Todos...Pero, principalmente, nuestros hijos; esos seres a quienes nosotros decimos amar...
Si queremos beneficiar a nuestro hijo, el secreto es ponernos de acuerdo.
No se trata de ser superior que, o ser empleado de... Para eso los padres elegimos la escuela y acordamos mutuamente con los maestros.
No es que uno sepa más que el otro. Son saberes diferentes, en contextos diferentes, pero con un objetivo común: el mayor desarrollo posible del niño.
La idea es ver en el docente a un aliado que vela por el niño, mientras está en clase, tanto como lo hacemos nosotros y viceversa.
¿Cómo?
El docente, haciendo partícipes a los padres, acerca del abordaje de ciertos temas, según la edad y la profundidad. El padre, observando en casa, conversando con el hijo, exigiéndole, afianzando su rol de adulto y acercándose a la escuela.
La clave... la comunicación, que surge del amor.

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