Algo está cambiando.
Era muy temprano, casi de madrugada. Luego de la ducha que la ayudara a despertarse para ir a trabajar, ella, frente al espejo, se peinaba. Mientras lo hacía, miraba su imagen reflejada e internamente...( para que nadie se despertara ni creyera que estaba loca) se decía a sí misma:
“¿Qué me pasa? Soy una señora de más de cuatro décadas y me siento extraña. No soporto ciertas cosas; pero frente a otras que antaño me hubieran hecho desesperar, tengo paciencia, calma, y hasta... me río.
¿Por qué aceptar lo que jamás hubiera aceptado? ¿Por qué sentir cierta extrañeza frente a mí misma, como en la adolescencia?. Ahora se agrega, además del quién soy, el qué quiero, qué puedo y hasta dónde me lo permitirán el físico, el cansancio, la plata, las circunstancias o las ganas.
¿Cómo puede ser que, siendo una jovencita, me tapaba convirtiéndome en un hermoso rectángulo con moñito y, ahora, luzco, sin prejuicio , mis “saleros” flojos?
¿Cómo fue que dejé las disfonías para pasar a decir malas palabras y a decir cosas terribles, con la delicadeza de una verdadera lady?
Lo cierto es que me siento como una coctelera- Todo está revuelto, desordenadamente ordenado. En realidad, es desorden (el orden viejo) en busca de un nuevo orden. Pero, lejos de ser una situación angustiante como lo es la adolescencia, es una vivencia de absoluto señorío sobre tanta ebullición y calores repentinos.
La vida me maravilla. Los dolores físicos son más agudos, no tanto como los del alma. Pero aún éstos sólo me muestran algo: que estoy viva y que quiero seguir estándolo. Se trata de vivir, pero con mayúscula: vivir en plenitud... aún aquellas situaciones olvidables.
¿Qué ocurrirá en el futuro? No lo sé. Ya no lo planifico. Pienso en grandes opciones o posibilidades, como si fuesen carreteras a seguir; pero sin haberlas transitado previamente. Y allí es donde descubro la otra maravilla: la Providencia de Dios., su Mano Generosa. Esa que me da, tal vez, lo que no he pedido; pero lo que sí necesito. Y la mayor de las paradojas: es que, con todo lo recibido, de lo cual, poco es lo pedido... doy pasos. Me enojo, temo, pienso, rezo, pido ayuda y... soy feliz!!”
De repente, sin dejar de mirarse en el espejo, volvió a tomar conciencia de su presente. Inspiró profundamente, como para que ese aire “nuevo” llenara de vida todo su ser. Su rostro se iluminó. Y con una fuerza nueva, que no partía de su cuerpo, se dispuso a continuar la jornada.


